Qué es proyecto sagitario?

Cursos de Iniciación a la astronomía.

Didáctica astronómica.

Charlas, cursos, campamentos, observaciones grupales.

martes, 28 de febrero de 2012

Robles de cinco estirpes

Olavarría de Luxe

         Uno vive la vida y afronta cada momento con el ánimo de siempre. Uno encara la vida y rara vez prevé que algo especial vaya a sucederle. Quiero decir, te enamorás, ves a una persona y paf, enamorado; muy luego decís, este día fue especial. Después, tenés la suerte de tener hijos e hijas; su venida al mundo no será sorpresa pero sí su sexo, su sanidad y, a los pocos días, su personalidad; luego las alegrías que te regalen para que lleves en el corazón hasta el final.
Conocer a los amigos de valor y profundidad es así.

         Hace unos años tuve el orgullo y la suerte de conocer a Sergio Bais y a Daniel Acosta, dos gauchos en un diecinueve, con un ocho pulgadas y un ciento cincuenta caserito. Llegaron temprano, se fueron últimos, dos tipos entrañables. Después nos vimos en Zavalla, San Rafael, de nuevo en La Estrella, Bigand, y por fin en su pago, en su hermosa y ordenada Olavarría, junto a Gerardo y Marcela.
         Olavarría es ciudad hermosa y limpia. Muchas veces escucho decir que Casilda es linda; no conocen Olavarría. En esa ciudad no existen los papeles en el piso, las bolsas rodando, la basura en su arroyo, el descuido en sus parques. En Olavarría llegas a una rotonda, todos frenan, y tu doblas como no entendiendo qué sucede. En Casilda, llegas a una rotonda… ¡y chocas! porque nadie sabe lo que es el derecho de paso o un extraño pedal de freno, el del medio, sí, ese. Otra cosa, en Olavarría apenas hay departamentos, edificios, quiero decir. Aquí te plantan una torre al lado de la plaza y te arruinan la vida con las luces y el tráfico que aquél conlleva. Olavarría es amplia, distendida, clara, hermosa como pocas ciudades, estoy seguro. Acaso por eso sea tan amable y atenta su gente. O al revés, acaso Olavarría es de verdad muy hermosa porque su gente es atenta y entrañable, mientras que mis vecinos típicos…, lo dejo ahí.
        
         Llegamos el sábado por una ruta amplia y cómoda, desde Tinellilandia. Habíamos zanjado ya la terrible senda 9 de Julio - Bolívar, bajo la lluvia, esquivando a gatas las profundidades inundadas, haciendo equilibrio sobre los penachos de pavimento que los camiones han elevado, en una tectónica infernal y ávida, que te puede dar de jeta contra otro auto en un segundo. Es tan mala esa ruta que uno se dice: ¿Será porque me acerca a la ciudad de Marcelito, que es tan atroz? ¿Será un aviso de lo pernicioso que él es? En fin, uno sabe que lo bueno cuesta; detrás de San Carlos de Bolívar espera la casa de los amigos, Olavarría; esta ruta del infierno es poco precio por dar con ellos, allí vamos.
        
         Nos aguardan en la ruta, en dos autos, con los amargos en ristre. Un abrazo y un mate, la alegría y el ¡Vamos, el asado espera! Salimos detrás de Daniel, recorremos el arroyo que cruza la ciudad. En el año 80 ese arroyo arrasó todo, elevó sus aguas tres metros sobre el cordón. Vi la marca; hay un monolito con ella para memoria de la desgracia. Giré en torno y miré la ciudad: no había lugar que quedara sobre esa cota. Toda Olavarría ha de haberse visto sumergida. Temblé al tratar de imaginar el desastre. Mis hermanos de Santa fe saben lo que eso ha significado gracias al empleaducho de Monsanto, el senador mudo, don Carlos Reuteman (Reuteman no ha hablado nunca en el senado; solo una vez lo hizo, para defender a Monsanto y votar en contra de los impuestos al agro. Imagínense, una hectárea en Santa fe da unos 60 quintales de soja por cosecha y le sacan tres, casi. Cada hectárea paga 30 pesos de impuesto inmobiliario al año. Qué justo es este sistema, amigos. Además, Reuteman inundó Santa fe al dejar adrede abierta una defensa, para que sus amigos pudieran jugar golf, en la cancha pertinente).
         Con la guía de Daniel, dimos con calle Ituzaingo y de ahí derechito a las dos hermanas, las lomadas que encuadran El Arrejón, el campo objeto de nuestro encuentro, el Olavarría de Luxe.
El camino es digno de un refractor, ya que salta como maíz pisingallo. Llevo atrás a mis chicos dilectos: Luz del cielo y Tuboro. Por supu, a mi lado viaja mi estrella más linda, Mónica. Adelante, huye el sátrapa de Daniel, en su increíble Renault rojo, a unos ochenta kilómetros hora. El color del coche tira al infrarrojo dado el efecto Doppler-Fizeau y pienso que si continúa acelerando pronto emitirá en radio; a gatas lo sigo, en mi increíble Scenic verde, plagada de almohadones para asiento de los chicos.
         El camino mejora después de los cinco mil primeros metros y ahora solo es un traqueteo constante. Lo bueno es que tanta piedra nos garantiza que si el diluvio arrecia, salir salimos.
         Es muy hermoso adentrarse en ese campo flor, con colas de zorro, mucho girasol y algo de maíz. Arriba cruzan muchos, brillantes y altos cables que llevan energía a los pueblos mineros, acá a la vuelta. Esos cables son muy importantes para la economía del lugar, claro, aunque por ahí te jueguen una mala pasada, una noche cualquiera, aunque tú estimes que eso es imposible. No hablo del peligro que un cable entraña hacia los aviadores, los pilotos envenenadores o los otros, los gilipollas que vuelta a vuelta se dan unas pasaditas con sus ultralivianos pedorreros. Hablo de los esforzados y probados observadores astronómicos, aquellos que noche a noche aguzamos la vista en busca de luces en el cielo. Estos, nosotros, los timadores de las débiles luces, corremos grave y real peligro ante esos cables. En fin, es cosa que se soluciona si aquí mismo me callo y cambio de tema poniendo un punto aparte.
         Entrar a esas estancias bonaerenses siempre me hace dudar de mis convicciones socialistas. Uno ve esa entrada de eucaliptos, ese sendero casi feral hundirse en la fronda y las hojas secas del piso; uno ve el sol o el gris del cielo alternar entre las ramas de los árboles, en busca del casco lejano, y se dice: La pucha, ¿y por qué no tengo yo un campito como este, de unas pocas miles de hectáreas, lleno de ganado flor, ahíto de cielo, lejos de la ciudad, para vivir panza arriba rodeado de mis chicos observando el firmamento?
         El casco en sí no aparece nunca en el caso que nos convoca, ya que la casa es nueva, detrás de los altos árboles, y está rodeada de un parque precioso diseñado por una paisajista de La Plata. La casa puede albergar a un batallón de nietos, acompañado de novias, amigos e invitados. Cuenta con quincho y pileta impagable, con cancha de fulbo y arbustos de mil colores. Muy atrás quedó lo campestre, los caballos en sus corrales, el ganado que ni se ve (la hacienda, dirá la dueña).
El antiguo casco quizá no haya existido nunca, al fin y al cabo (te lo usé, Sergín), aunque una casita hay por allí; tan grande es el lugar que ni la vi.
Si vi y de un solo saque al amable muchacho que echaba brasas en mi corazón al ponerlas bajo el asado. Una estima rápida me dijo, es suficiente, vas a comer muy bien.

         Me presentan a la gente, al resto de invitados, amigos y amigas de Mar del Plata. El único viejo conocido es el joven Sebastián Otero, el hombre que derrotó a la Nasa, como le gusta decir a Dani, y rabiar al susodicho. Sebastián es hombre culto, capaz y muy divertido: no te aburres con él. Se dedica a la estima de variables, el vago, cables mediante.
         Conocemos a María, a Karen y al resto de las chicas que nos atienden como a reyes y princesas fenicias. María es la dueña de El Arrejón –ya diré lo que esto significa. Karen y sus compañeras se encargan de las tareas culinarias. Todas fueron conmigo infinitamente amables. Gracias, chicas; gracias, señora María; su lugar es imponente y precioso; de verdad, no lo he visto mejor.
         Nos sentamos y le damos duro al asado. Cuando este se rinde nos acostamos un rato (nos hemos levantado a las 4 am) y a las 17 me levanto pues Dani espera en el Zoológico a las 1730. Por alguna extraña razón, seguramente relacionada con la relatividad general y sus contracciones espaciotemporales, llegamos allá a las 1830. Hora y media de plantón les pegamos. De todos modos, Daniel y Flavio, el encargado de la charla que nos informa sobre el pasado, presente y futuro del zoológico, no muestran decepción alguna, tan amables son.


         La charla dada por Flavio es perfecta, nos ilustra sobre los planes y trabajos para la reinserción del Cóndor a su hábitat natural. Luego partimos hacia el bosque, bajo una garúa pobre, que nos traslada a lejanos páramos de ensueño. Vemos antílopes, guanacos, tortugas teseladas y monos aulladores. Algunos animales están libres; los más, sufren en silencio. 

Todo está impecable, ordenado, pese a una fuerte tormenta recién sufrida que derribó ramas y algunos árboles. La lluvia persiste como un manotazo de ahogado, pronto vemos que el suroeste abre y unas flechas de Diana impactan sobre las copas más altas. Es reconfortante ver esos destellos claros después de un día entero de sombras y aguas grises.

         La caminata nos deja en el observatorio del GOCO. Grupo observacional del cielo Olavarría. El lugar es aparente, sobre un terreno limpio, contra un zanjón que muestra la naturaleza curiosa de ese suelo pródigo, también, rico en mármoles más nobles y apreciados que los de Carrara. El telescopio principal es soberbio, hecho por un ilustre del lugar. Es un Schmidt-Cassegraín de 300mm y me muero por no haber observado por él, más allá del ojo que le metí a una vecina, momento que una instantánea ha guardado para la posteridad y documento de mi amor por las observaciones… astropomórficas.

         El sábado cenamos temprano, después de que el cielo limpiara totalmente. Ni una nube quedó arriba ya que toda su humedad la teníamos en derredor. Cuando me fui a cenar no tapé totalmente a Luz del cielo, el increíble Meade LX90 8´´, ACF & GPS, el lamborghini de los telescopios, como hace bocha no decía. La cosa es que despachada la cena, nos abocamos al cielo para empacharnos de una buena vez de estrellas. Allí estaban ellas, sí, numerosas, plenas, zanjadas las correrías del saco de carbón e imponente cada cúmulo… Pero, ay, mi Meade chorreaba agua como una esponja bajo la ducha. Cuando vi el pad, totalmente empapado, me dije: en la cancha se ven los pingos. Le di duro con el secador de pelo y un rollo de papel higiénico; sequé todo y… Clik, lo encendí y ¡milagro! ¡Anduvo!
         Otra vez a darle al cielo. Marte, saturno, omeguita, la sombrero, la blue, blue, planetary. Observamos a rabiar, secando la placa correctora cada tres objetos, dejando detrás litros y litros de agua a cada momento.
La nave avanzaba en la tormenta en pos de las estrellas y las olas empapaban la cubierta a cada milla náutica transitada. El secador alternaba entre el Celestron de Dani, el Skay Watcher de Sergio, el Hokenn de Gerardo y el Luz mío, su radiador ardía. Buena paliza le dimos y sin él todos hubiéramos debido de conformarnos con la interesante e instructiva, con la divertida charla sobre estima de –tuuuut- dada por el técnico de la noche, el profesional AVSO, Sebastián Otero, a la ávida aprendiz Marcela. Los capitanes, al pie de nuestro timones, nos mantuvimos firmes, detrás del cielo, echando aguas, gracias al cielo, escuchando a ratos la disertación razonable, curiosa y peculiar, del hombre que derrotó a la Nasa.
Hoy temprano, detrás de las teclas, pensaba: Cuánto aprende uno en estas noches de observación. Por eso voy donde me inviten, porque siempre se aprende algo, che, siempre algo te sorprende y te alecciona.
En estas noches de observación he visto de todo; he visto astrónomos beber como cosacos y acostarse aún con cierta hidalguía ante el orto luminoso; he visto tomar fotos con la calidad del Hubble; secar nagglers sobre las parrillas choriceras; orinar como caballo junto a docentes trémulas; soñar con viajes intergalácticos; ocultar con picardía cariñosa un traspié contra el goto recién alineado; dar con objetos de ep en segundos, uno tras otro y buscando a mano, con un albo dobson 8; he visto en estas noches mostrar un cielo de primera con un short-tube de 150 uss sobre un trípode fotográfico, en franca lid contra costosos RC o Meade 16´´, inermes estos ante el pequeño, esgrimido por un maestro del cielo. En fin, he visto en estas noches de todo, de todo. He visto bajo la lluvia; he visto cenas lejanas a raíz de cielos nublados; he visto las Antenae, la Ghost, la Hellix, a Albireo, a R Leporis, a DY crucis, a Eta Carina…
Todo esto he visto y más, y nunca había visto aún a un entendido en todo aquello que debiera ser admirado en la vida, y enseñarlo –además- con el entusiasmo de un hipotético Onán llegando por fin a un serrallo numeroso, dejando atrás para siempre esos desiertos ásperos, donde no bebe de Venus ni el más taimado chapero olavarriense, no porque no quiera –imagino- sino porque sencillamente no hay dónde.
Podría decir, como el genial Dick: He visto naves ardiendo en el cinturón de Orión… Lo que jamás había visto, en fin, era esta disertación prodigiosa, este catálogo jubiloso de las amigas bellas, luminosas, cálidas y a veces húmedas, que nos procuran de vez en vez nuestras melancólicas noches.
Gracias, Seba, por tus conocimientos y tu experiencia. Gracias, Marcela, por tu risa en la oscuridad, a la cual estimo magnitud – 6.

Cuando el agua nos llegaba a la cintura desistimos, guardamos las armas y nos fuimos pa´ las casas, a echar el ojo.
El domingo armé a Tuboro, el increíble Coronado solarmax, para que los amigos de Mar del Plata pudieran darle duro a don sol antes de partir. Seba y los demás amigos y amigas observaron unas pequeñas pero numerosas protuberancias, unos filamentos extensos y dos manchas caqueras. Se fueron contentos.

Moni y yo nos quedamos una noche más, la del domingo, pero a ella había aun que llegar. Y el intermezzo lo vivimos, como todo, a cuerpo de rey.

Dani Acosta vino a buscarnos, nos llevó a la quinta de su suegro Jorge, a dar cuenta del asado a la llama más rico, tierno y abundante que guarde yo en memoria y mi corazón.
Jorge es alto, canoso, sonriente, rezuma bonomía, su asado me sorprende porque no sabía que a la llama se podía cocer tan bien la carne. La familia completa nos atiende y recibe como a hijos díscolos que vuelven de vez en vez. La mesa está servida bajo los árboles, en el gran parque. Y estos árboles cuentan su historia de un modo prodigioso. Hay un árbol por nieto de Jorge, y tiene quince! Allí hay robles de cinco estirpes, cedros, glicinas, olmos, castaños, nogales y dos fósiles vivos, dos gingo bilobas más un Pehuén, como mínimo entre tanto ser de cabeza verde. Viendo todos estos amigos pasamos buena hora, mientras el hijo adolescente de Dani se permitía un breve paseo con el Renault rojo, los hermanos menores de acompañantes, Ana y Paulo.


Llega el muchacho y estaciona lejos, vuelve a la mesa. Nosotros también volvemos pero primero nos alejamos para observar la lejana entrada de la quinta; pasamos por detrás del coche que responde a Doppler-Fizzeau y nos solazamos con el paisaje. Al volver reparo en un pequeño detalle y digo en alta voz: Pero, ¿Dani, cuándo…?
Allí compruebo la madera en la que Jorge está tallado: mira, abre los ojos, comprende y lleva su dedo índice a los labios, Shhhh, dice, y eso es todo.

Volvemos a la mesa, a un postre exquisito: melón. Volvemos a la mesa y con Tuboro, para que todos le demos duro, observemos ese astro milagroso, esas millones de millones de toneladas de hidrógeno trocando en helio cada segundo, esos doscientos mil años de fotones chocando contra electrones enloquecidos, absorbiéndose y emitiéndose a cada paso, para saltar por fin afuera un buen día, y tomarse el último tren hasta las retinas nuestras, en muy relativos ocho minutos.
Miramos un rato y luego partimos, nos vamos a la casa a dormir un rato no sin antes dar una vuelta por Olavarría y comprar otro secador, para aliviar el de Dani después de la gran paliza propinada en la víspera.

Antes de acostarme pensé, voy a dejar a Tuboro armado, por si viene Sergio y no mira por no despertarme, pero había por allí hijos de María y me dije, hummmm. Es que tuboro vale un toco de guita y yo me había aburguesado un poco con esos días de estancia y horizontes de rey. Me acosté sin armarlo, en la inteligencia de que me llamaran al llegar. Me dormí satisfecho, como un ricachón después de haber cenado a 300 pesos el plato y haber dejado caer una propina de dos pesitos mugrosos al trapito que le cuidara el Mercedes.
Cuando desperté salté de la cama porque escuché voces; llegué descalzo afuera sabiendo el sol muy bajo ya que las sombras se extendían hasta las dos hermanas, las lejanas lomas. Calculé en un instante cuanto nos quedaba y corrimos al otro lado de la arboleda –unos quinientos metros-. Allí monté el tubo, más rápido que lo que un amante descubierto tarda en esconderlo. Miramos una elipse roja, con dos manchas aún y los filamentos, pero ahora los protuberancias se escondían en la refracción exuberante de tan amplio margen atmosférico. Una pena que siento en el alma aún ahora.
De regreso armamos las armas en el parque delante del chalet. 

En un tris el Pozo de Assuan estaba enfocado sobre Júpiter, mostrándonos sus franjas, sus satélites y su premura en acostarse tras los eucaliptos. Miramos Venus y luego algo la sonrisa torcida de doña luna. Armé a Luz del cielo, lo enchufé y todo bien, pero cuando aprieto scroll para dar con el dios… nada. No se movían los motores.
Uff, ni me asusté; ya había previsto que tanta agua podía traerme una sorpresa. Probé los motores con el programa y ambos respondieron bien; era previsible que el pad sufriera. Apagué, volví a encender, Ta tannnnn… y arrancó de diez¡¡¡
A partir de entonces todo siguió sobre rieles, pronto llegó Gerardo y ya estaban con nosotros Sergio y su familia. No Sergio Bais, ni Sergio Galarza, sino otro Sergio, pues en olavarría todos los Sergios somos astrónomos. La explicación de este hecho es bien sencilla para un hombre estudiado como nosotros: Sergio quiere decir Serbio, y esa región del mundo corresponde a la que dio origen a la cultura occidental. Cualquiera que haya leído algo más que un diario inmundo como Clarín, o La Nación, o Perfil – pucha, arranco de nuevo. Cualquiera que haya leído algo más que un diario sabe que la cultura de occidente se levanta sobre la Ilíada, escrita por los homéridas, 800 años antes de ese barbeta que dicen fue Cristo. La ilíada nos pare como cultura pues si bien cada pueblo tuvo lo suyo, Ilión dio en Roma, Roma agregó Bretaña e Iberia, con lo cual tanto los piratas posteriores del norte, como los incultos españoles que padecemos nosotros, nos trajeron la gripe, la cruz y la astronomía griega. Dos malas y una buena, a fin de cuentas. Igual dejo constancia ahora que hubiera preferido toda la vida seguir con nuestra astronomía, la cual era mucho más precisa y colorida, con su cero prematuro y sus discos de ciento de miles de años y su mal moderno inventado 2012; con nuestra casa del sol y nuestra Meli pal, con nuestra Yunta Puma y el Caldero, con nuestro Poncho y nuestros Choikes; con nuestro Río y nuestro Ovillo de estrellas. En fin, por ser tan antiguo y tan hermosa la tierra que nos da nombre, por haber estado allí crequita la pobre Troya y la casquivana Elena, por todo esto, todos los Sergios de Olavarría somos astrónomos.
De todos modos, el fuego sagrado no lo llevamos todos. El nuevo Sergio miró un rato y cuando nos llamaron a la cena montó su coche y su familia y desapareció por donde el sol, rumbo a la paz del hogar.
Cenamos en armonía, Sergio, Marcela, Gerardo, Mónica y yo. La comida siempre exquisita y el vino presto, morocho y suave. Hablamos de todo un poco, claro. Hablamos del sur, de los astros, de los telescopios, de si fumar o si matear. En un momento pensé que Mimoni se estaría aburriendo a rabiar. Ocurre que con Marcela uno olvida que a veces el bello sexo pueda padecer nuestra pasión tan alta. Parecía que ya hubiéramos olvidado el cielo, parecíamos amigos eternos, displicentes y cómodos, contando con el mutuo cariño del grupo y una noche infinita por delante. No era así, todas las noches mueren en el sol. Sergio nos abre los ojos y volvemos a las armas.
En la pista vuelvo a sincronizar y esta vez el pad cumple, en verdad lo he envuelto en una malla, por si otra vez se bañaba. Pero la noche es otra, muy linda, mucho menos húmeda, mucho más clara. Los corredores del Coal sak eran atroces, descarados, portentos del sur. Marte nos embrujaba y Sergio le tiró con 240x. naranjón, borroneado en sombras que no eran sino sus continentes y polos. Saturno indescriptible. De saturno no se puede hablar, se lo debe mirar, y nada más. Enseguida fuimos a por R leporis otra vez. Varias veces fui de cero tras ella, para aprender a encontrarla a raíz de Rigel. O riguel, en voz de Gerardo.
Gerardo es personaje fino. Sabe mas que muchos, y da con los objetos con precisión meridiana, por usar un giro ad hoc. Tiene un Meade como el mío pero curiosamente lo ha enviado a reparar. Hay dios mío. Cuánta razón tiene don Moreno, hay que frenar toda esa basura que importamos y empezar a producir, fabricar y armar nuestros propios meados, y eclipsar a esos falsos yanquis que explotan a los chinos que tanto odian. Siempre siento pena ante los discursos liberales, desprecian a aquellos que les dan de comer. Es como si yo despreciara un kilito del mejor vacío. ¿Haría yo eso? Jamás, claro.
De todos modos, don Gerald se arreglaba muy buen con un 130 650 que manejaba desde un banquito que era la locura. Me dio la data pues no es gilipollas que esconda su saber: Comprate un banquito de baterista, me dijo, son regulables y muy fuertes¡¡¡ a dios gracias a dos cuadras de casa tengo un negocio que vende guitarras y baterías, allí me apersono hoy mismo, apenas termine con este reporte de Luxe.
Enseguida empecé a aprender a lo pavote. Gerardo tomo esa vocación suicida de Marcela por prestarte atención siempre, y comenzó a enseñarle sus mañas y a tomarle constantes exámenes. Nunca oí charla mas divertida, desde la víspera. El sábado Otero, ahora Gerardo, la alumna impertérrita, riendo siempre. En un momento comenzaron a jugar a las preguntas y respuestas; por ahí se quedaban callados; le tiré una al joven, le dije: ¿Quién descubrió el polonio? Créanme, me contestó con acierto sin pensar, como quien dice su nombre. Y me pregunto ¿Cuántas personas saben eso, eso y tantas otras cosas, pues la pregunta fue al azar, como para contestar tan rápido? Gerardo hará carrera, lo juro.
De la sombrero a las antenas, a la blue, blue planetary y luego la centaururs A y de ahí a la bellísima 4945. También cayeron el 47, 2070 y omeguita. Ya el sábado -que nos fuimos muy tarde- le dimos duro a los cúmulos de Scorpio pero hoy era aún temprano. Toda la noche mirando y hablando. En un momento tiramos fotos, contra el cielo y con el cielo, mostrando a los chicos, Luz y Assuan.

En algún momento de la noche fue el turno de Los Larguiruchos, mis increíbles binoculares 9x63, que me proveyó el Roger. Con ellos le dimos duro a los corredores de moléculas, a M47 y toda la troupe de Canis, Popa y Conoceros, horas antes. Por cierto, en Canis disfrutamos del cúmulo del Mate calabacita y la de alpaca.

Al fin llegaron nubes. Y con ellas arriamos y vuelta a darle a la sin hueso. Derechito al quincho a tomar cafecitos bien calientitos. Otra vez se formó el corro. Otra vez comprobamos la magia de la amistad.
Para que se hagan una idea, en ningún momento pasó un ángel por ese lugar.
Nos acostamos con la siguiente promesa, ya que Dani no había podido estar y Sergio se iba de vuelta a la ciudad: si nosotros nos íbamos antes de las diez, picábamos; de no, pasábamos a saludar de nuevo en la mañana.
Gracias a dios así fue, el lunes tomamos mates en lo de Sergio y Marcela, y luego con dani y su familia. Nos fuimos con las vejigas cantando vidalas, bajo un mediodía tranquilo y nublado, despreciando unos fideos caseros para no tener que separarme, de vuelta a la casa que hace once años me cobija, junto a mi estrella mejor.

Todo fue de maravilla, todo fue ameno, afectuoso y perfecto. Los cielos se abrieron nomás vernos llegar, y las estrellas brillaron como nunca en mi vida las viera brillar. Acaso pase como con los vinos, que saben más ricos cuando uno los toma con amigos. Acaso esas estrellas sean las de siempre, las mismas aunque yo lo niegue, y solo me parecieron mas lindas en Olavarría por la magia de los amigos. Pero me resisto, no lo creo y les doy una prueba, porque a mí pueden no quererme por mil motivos, pero nunca se me dirá mentiroso, otra vez:

El sábado me fui a la cama, rendido a eso de las cinco. Nos habían dado la mejor pieza, con cama amplia y ventana al oeste. Esa ventana tenía abierto el postigo, solo el vidrio y la cortina nos separaban del casco arbolado. Me acosté en silencio y con cuidado. Mimoni dormía. Me tumbé hacia ella, hacia la ventana, la cortina, el vidrio. Detrás el bosque, los árboles apenas diezmados por la tormenta reciente. En ese abra, el único visible desde mi posición horizontal, Sirio¡¡¡¡ brillaba Sirio con su habitual descaro, con su exultancia jubilosa, a través de la cortina como una bruma.
Apenas podía creerlo, pero sabía que sí, que Daniel y Sergio son capaces de eso, de transformar su esfuerzo en un encuentro de Luxe.
Con esa doble en los ojos me dormí, con Sirio y mi Moni en la oscuridad del cielo.


Sergio Galarza.

3 comentarios:

  1. Excelente, me comí los amagues un par de veces con el corazón en la punta de la lengua pero salí airoso JAJA.
    Como estar ahí la verdad el relato.
    Nos vemos en valle Grande!

    Cable.

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  2. Sergio...
    Fue un verdadero placer tenerlos por Olavarría.
    Estamos muy contentos de que el encuentro de amigos, saliera bien. Como vos ya viviste esto de organizar una juntada más de una vez, sabes del nerviosismo que inquieta cuando el pronóstico insiste en decir que el clima no va a acompañar. Tal vez, por ser nuestra primera vez con gente de lejos, el cielo termino por rendirse y mostrarse como nos gusta, muy, muy, estrellado. A tal punto de estrellado que Sebastián (que firma como Cable en el anterior comentario) afirma que la noche del secador, la magnitud límite fue de 6.8. 6.9. Que tal?
    Sobre tu crónica: Creo que si no metieras tantas opiniones sinceras del barrio donde vivís, la lectura sería mas potable de leer para los que llegan a SagitarioBlues por primera vez. Más invitadora a sumar gente a la aventura de ver el cielo con amigos. Todo lo demás, perfecto. Bueno... no tanto. Falta que relates tus rezongo cuando alguien prendió la luz del parque, jaja. Yo en esa no dije ni mu, porque la socia me reto mal la noche anterior, cuando renegaba por olvidar mi carta Pocket.
    Nos estamos viendo.

    Para no ser menos que Cable
    Firma: Estela de Avión

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    1. Si, Sergio, tenés razón, voy a editar. Lo bueno de tenre buenos amigos es esto, la sinceridad.
      Gracias.
      S.

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